Jueves de la primera semana de Adviento

“No todo el que me diga: Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial’ Mateo 7. 21, 24-27

Pocas cosas repite con tanto énfasis Jesús en el Evangelio como la afirmación de que Él ha venido a cumplir la voluntad del Padre, que está en el cielo y que no tiene otro alimento, ni otro afán, que el de cumplir la voluntad de su Padre.

Si “todo el que esté bien formado será como su Maestro” (Le 6, 40), nosotros también debemos poner nuestro afán en imitar a Jesús, aceptando y haciendo la voluntad del Padre celestial; pero en este Evangelio nos enseña Jesús, que no nos basta una mera o teórica aceptación de la Palabra del Padre, sino que se requiere el cumplimiento práctico y real de esa divina voluntad.

Para pertenecer al Reino no basta invocar al Señor, aunque se lo haga con fe viva; es necesario cumplir la voluntad divina, acomodando nuestra vida a los principios establecidos por Jesucristo.

Señor dios

En el Antiguo Testamento ya encontramos una página de Jeremías semejante a ésta; hablando del culto auténtico, dice el profeta: “No os fiéis en palabras engañosas, diciendo: Templo de Yah- véh, templo de Yahvéh. Porque si mejoráis realmente vuestra conducta y obras, si realmente hacéis justicia mutua y no oprimís al forastero, al huérfano y a la viuda.. entonces Yo me quedaré con vosotros en este lugar” (Jer 7, 4). No basta que aceptes a Jesús como tu Maestro, si luego no llevas a la práctica sus enseñanzas; si no vives sus Palabras y su Verdad; con esto Jesús te pone alerta contra un cristianismo de meras fórmulas o de simples aceptaciones de verdades y dogmas, pero que no llega a que esas verdades se hagan vida.

“Vinieron los torrentes, soplaron los vientos”

Jesús corrobora la doctrina que acaba de exponer con una comparación con la que anima a sus oyentes a poner en práctica las enseñanzas, que les acaba de proponer.

La lluvia, los ríos, los vientos, las tormentas son imágenes para significar las dificultades de todo género, que se le presentarán al hombre creyente que deberá vencer, para mantener firme el edificio espiritual de su vida cristiana.

Los elementos que usa la parábola tienen un sentido alegórico y así la lluvia son las tentaciones carnales, los ríos las tentaciones de avaricia, los vientos las tentaciones de la soberbia; por más que esta aplicación sea alegórica y acomodaticia, indica a bien toda clase de peligros y dificultades, que el cristiano va a encontrar en su vida, si quiere ser fiel en todo a las exigencias del Evangelio, que un resultan fáciles de cumplir. La santidad no consiste en decir, sino en hacer, no en aparecer, sino en ser. El principio de toda perfección es hacer fielmente la voluntad de Dios.

Vivencia:

Con frecuencia rezas el Padre nuestro y en él aquella petición: “Hágase tu voluntad”; debes fijarte en lo que dices y en lo que pides.

Si Jesús tuvo delante de sí la voluntad del Padre, para cumplirla, también tú has de ser fidelísimo en la aceptación de la voluntad de Dios, viviendo siempre en conformidad con ella; para ello lee frecuentemente y con detención la Palabra de Dios, escrita en los santos Evangelios, y sabrás qué es lo que Dios pide de ti.

Esa Palabra de Dios es la que te iluminará, para que en cada momento puedas saber cuál es la voluntad del Padre. No olvides lo que dijo Jesús: “Dichosos los que oyen la Palabra de Dios y la guardan” (Le 11, 2H).

Miércoles de la primera semana de Adviento

“La gente quedó maravillada… y la glorificaban al Dios de Israel”

Mateo 15, 29-37

Es la segunda vez que Jesús realiza el milagro de la multiplicación de los panes; la primera la trae San Mateo en 14, 13-21; entre ambos milagros se hallan diferencias notables.

Las gentes siguieron a Jesús sin preocuparse de sus necesidades más perentorias, como era el alimento; es que la Palabra de Jesús les cautivaba y su poder las atraía irresistiblemente, hasta el punto de olvidarse de lo más necesario para la vida: la comida.

Ejemplo para muchos cristianos, que siguen a Jesucristo mientras no sufran menoscabo sus intereses materiales, mientras no se intente tocarles el bolsillo, pues cuando el cumplimiento de la ley de Dios les suponga algún sacrificio material, anteponen sus beneficios al cumplimiento de su deber.

Dios de Israel

“La gente quedó maravillada”, al ver las obras que Jesús realizaba y nosotros estamos obligados a presentar nuestras obras diarias con tal rectitud y santidad, que cuantos nos observen, no tengan más remedio que alabar a Dios, “glorificar al Dios de Israel”, como dice este Evangelio. María Santísima confesaba de sí misma, que Dios había realizado en Ella maravillas (Le 1, 49) y por eso alababa al Señor; tú tienes que reconocer con humildad, pero con verdad, que Dios también en ti realizó las obras de su poder y de su misericordia y por ello tú, como las gentes del Evangelio y como la Virgen de Nazaret, has de “glorificar”, es decir: dar gracias al Señor y alabar su bondad para contigo. “Siento compasión de la gente”

Este milagro realizado por Jesús es una nueva manifestación del poder y de la misericordia de Jesús, que se compadece de aquellas gentes y socorre su necesidad.

La verdadera compasión no se contenta con lamentar el mal; lo remedia, si está en su mano, y cuando no lo puede remediar, comparte al menos la aflicción y el dolor.

Jesús pone toda su omnipotencia al servicio de su compasión y así realiza aquel estupendo milagro de la multiplicación de los panes y los peces. No puedes decir, que no se te presentan a ti cien y mil ocasiones de ejercer la compasión con tu prójimo que sufre; acepta voluntariamente y con sincero corazón el sacrificio que debas imponerte, para remediar las necesidades de tu prójimo; siente como tuyas sus penas y aflicciones y cumple así el mandamiento de la caridad, amando como dice San Juan: “No de palabra, ni de boca, sino con obras y según la verdad” (I Jn 3, 18). “Alegraos con los que se alegran, llorad con los que lloran” (Rom 12, 15), nos aconseja San Pablo; el que no se preocupa por las situaciones aflictivas <le su prójimo, es porque no lo ama y “el que no ama a su prójimo, tampoco ama a Dios” (I Jn 4, 20).

Vivencia:

En algunas ocasiones seguramente Dios querrá servirse de ti, a pesar de tu pequeñez y mise¬ria, para llegar hasta tus prójimos, a fin de llevarles el Pan de la divina Palabra y el pez de la Kucaristía.

No te pide Dios que tú dispongas de grandes cosas, grandes talentos y cualidades para ser instrumento de su gracia; pero sí te pide que pongas ii su disposición lo poco que posees, dejando lo demás para que lo socorra la Providencia del Señor.

Martes de la primera semana de Adviento

“Has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes y se las has revelado a pequeños” Lucas 10, 21 – 24

Es ésta una de las pocas oraciones de Jesús, que se han conservado en su texto original y que Jesús pronunció en voz alta delante de sus discípulos. A diferencia del “Padre nuestro”, al simple vocativo “Padre” añade el título de “Señor del cielo y de la tierra” que era frecuente en el judaísmo. Habla Jesús de “estas cosas”, refiriéndose al Reino de Dios, a todo lo que Jesús ha venido a revelarnos. Indudablemente que los caminos de los hombres no son los caminos de Dios. Ya el profeta Isaías pone en la boca de Yahvéh estas afirmaciones: “Porque no son mis pensamientos vuestros pensamientos, ni vuestros caminos son mis caminos; porque cuanto aventajan los cielos a la tierra, así aventajan mis caminos a los vuestros y mis pensamientos a los vuestros”. Y en el salmo se nos afirma: “Como se alzan los cielos por encima de la tierra, así de grande es su amor para quienes le temen”. El único camino para encontrarse con Dios es la humildad; así leemos en el libro de los Proverbios 3, 34: “Yahvéh con los arrogantes es también arrogante, otorga su favor a los pobres”; texto que cuando Santiago y San Pedro lo citan, lo hacen de esta manera: “Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes”.

reino de los cielos

“Nadie conoce quién es el Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar”

Si los sabios e inteligentes, equiparados aquí con los soberbios y dueños de sí mismos, no pueden llegar a entender las cosas del Reino, mucho menos podrán llegar a conocer al Padre. Jesús, que es el Hijo, ha venido a revelarnos al Padre, pero solamente tienen acceso a esta revelación los “pequeños”, los de corazón humilde y sencillo, no los hombres instruidos, que se creen capaces de llegar a conocer las cosas de Dios por sus propios medios y esfuerzos; estos soberbios se han cerrado al Evangelio y solamente “los pequeños” se han abierto a la verdad de Dios. De esos “pequeños” nos habla Jesús, cuando nos dice, que de ellos es el Reino de los cielos. “Conocer al Hijo” es recibir la revelación de que Jesús es verdaderamente el Hijo de Dios. No fiemos, pues, demasiado en nuestro talento y en nuestra ciencia, para entender las cosas de Dios. Ningún entendimiento humano puede conocer al Hijo, porque ninguna inteligencia finita puede conocer lo infinito.

Vivencia:

Has de esforzarte por llegar a ser sencillo de corazón, pues el Señor Jesús afirma, que solamente a los que son así se les revelarán las cosas del Reino; la revelación no se hace al talento, o a la humana sabiduría; sino a la fe, que solamente hallaremos en los humildes: el orgullo impide a los soberbios y pagados de sí mismos penetrar en las cosas de Dios. No se puede entender las cosas de Dios con criterios humanos; ni basta la ciencia humana para tener fe.

Lunes de la primera semana de Adviento

“Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie una fe tan grande” Mateo 8, 5 -11

mateo

Las palabras de Jesús que se recuerdan en este Evangelio se dirigen a educar la fe de los que creen en Él, hasta conseguir en ellos una profundización y una madurez que la lleve a una sincera autenticidad. Por eso en este Evangelio se propone por un lado la fe escasa y vacilante de la mayoría de los judíos y por otro la fe sincera y profunda de un centurión romano, oficial que mandaba cien soldados, quien, pese a no pertenecer al Pueblo de Dios, ha sido capaz de confiar en el poder de Jesús y se ha humillado, rogando al Señor con una humildad que conmueve. La liturgia ha recogido estas palabras del centurión para que sacerdote y fieles las repitan con humildad antes de recibir la Sagrada Comunión. Jesús exige siempre la fe, una fe que sea un impulso de confianza y de abandono por el cual el hombre renuncia a apoyarse en sí mismo, para abandonarse a la Palabra y al poder de Aquel en quien cree. Cafarnaúm en una ciudad situada en la ribera noreste del lago de Genesaret, llamado también lago de Tiberíades, o con su nombre más antiguo Kinnereth, o en general lago de Galilea. La oración del centurión está llena de fe, reverencia y humildad; había oído hablar de las muchas curaciones realizadas por Jesús y así se forma de Él un elevado concepto, como aparece por el título que le da: “Señor”. Luego no le hace directamente ninguna súplica y cuando Jesús se muestra pronto para ir a la casa del centurión le confiesa que él creía en el poder de su Palabra, que aún a distancia podía obrar el milagro.

“Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo”

Son de notar los sentimientos humanísticos del oficial romano hacia uno de su servidumbre, ya que el enfermo no era propiamente familiar, sino simplemente un sirviente o miembro del servicio doméstico; sin embargo se preocupa por su salud, se aflige por ella e intercede ante Jesús, con el mismo empeño, que si fuera uno de sus hijos. La caridad no reconoce ni límites, ni fronteras, ni razas, ni clases sociales; ésa es la verdadera y por otra parte la única caridad cristiana. Nuestra caridad no debe preguntar quién es el que sufre, sino simplemente si sufre, y si alguna preferencia debemos admitir en nuestra caridad y amor cristianos ha de ser precisamente en favor de los enfermos, los ancianos y desvalidos, y en general los pobres y necesitados; porque no pudiendo esperar de ellos ninguna material correspondencia, así nuestro amor será más desinteresado y evangélico.

Vivencia:

El ejemplo de un pagano, como era el oficial romano, debe ser estímulo para nosotros los cristianos, que conocemos más que él quién es Jesús y qué es lo que puede hacer en nosotros y por nosotros. La humildad es la fuente de las gracias, que el Señor derramará en nosotros; no nos consideremos nunca ni mayores, ni mejores que los demás; tratemos con bondad y dulzura a los más pobrecitos y no cerremos nunca nuestro corazón a ningún necesitado.